tablas/comentario: David Carrillo y lo que nos faltaba en el teatro nacional

 

 

 

Pocas veces uno va al teatro y al terminar la obra sabe que ha visto algo a lo que no le sobraba nada, ni le faltaba nada. Pocas veces se da esa conjunción en un solo montaje. Es domingo cinco de diciembre y mientras espero que se descarguen las fotos que había tomado, me pongo a escribir esto. Y es que acabo de volver a ver, por segunda vez, lo que nos faltaba, el extraordinario trabajo de David Carrillo que está en su última semana en el Teatro Larco.

 

Un par de horas atrás, la gente comenzaba a llenar la sala del teatro. Desde el escenario David o mejor dicho Manolo el protagonista, observa. Siento que me mira cuando entro y no puedo dejar de imaginar que él está pensando: “Ahí está este huevón…ahora va a hacer bulla con su cámara”. Me río y tomo asiento y comienzo a preparar mi equipo. Ya había visto la obra el día de su estreno, comienza casi en tinieblas. La sala se oscurece. La obra empieza.

 

 

 

Lo que sigue es una pieza de filigrana que roza la perfección. Un hermoso alegato sobre el teatro, la vida, la creación, los procesos. Una historia sobre el amor. Sobre cómo construir a pesar del derrumbe. De ese proceso de creación donde la realidad y la ficción se confunden, se funden y se entrelazan. Sobre el escenario, en tinieblas, Manolo, el protagonista, está dirigiendo los últimos ensayos de su obra de teatro. No ve. No puede ver. No sabe que está ocurriendo. Fuerza, desesperación, impotencia, rabia, inseguridad. Crisis interior, crisis exterior. Manolo se está separando de su esposa.

 

David Carrillo es uno de nuestros mejores directores. También es un extraordinario actor. Dueño de un personal estilo, Carrillo no teme arriesgar, algo que se extraña mucho en esta comarca tan tradicional y apegada a lo que ‘funciona’.  Lo que nos faltaba es una obra que arriesga. Desde su estructura, donde los diálogos se entrecruzan y se confunde y se mezclan realidad y ficción, drama y comedia. Carrillo divide su escenario en dos o en tres, como divididos están sus personajes, personajes que intercambian frases entre ellos. La vida dentro del teatro y el teatro de la vida juntos. Y David lleva todo con la maestría de un antiguo relojero.

 

Lo que nos faltaba es de esas obras que necesita tener todos sus elementos en la dosis adecuada y en su justo lugar para que funcione. Carrillo nos presenta un trabajo donde el timing y el ritmo deben ser exactos y lo logra. Lleva a sus actores y a su personaje a lograr escenas algunas hermosas como en la que Manolo, el director, ensaya con su actriz. Otras desopilantes y brutales a la vez, como la escena de los mensajes telefónicos.  En fin, no hay un momento de respiro y es que David Carrillo no solo ha escrito un texto hermoso, que nos habla desde el teatro de teatro, desde el teatro de amor y pasión, del acto a veces doloroso de crear y de crecer;  sino que además, ha logrado llevarlo a escena, junto a un talentosísimo elenco, con la agudeza y exactitud de un maestro.  

 

 

 

Acompañan a David en esta aventura Fito Bouroncle como Vanessa, la aparentemente ingenua asistente de dirección. Andrea Fernández como Verónica, la esposa de Manolo. Juntos y a la vez separados, buscarán la redención. Carol Hernández como Fernanda, la diva de la escena y amiga íntima de la esposa del director Manolo. José Antonio Buendía es Lucho, el productor abiertamente gay y por último Claudio Calmet como Augusto, el galán de las telenovelas que se niega a aceptar su opción sexual y que mantiene una tensa relación con Lucho, el productor. Con ellos David juega, crea bandos y nos presenta la vida dentro del teatro. Es su familia teatral, imperfecta y poco convencional pero de alguna manera funcional, como todas las familias.  

 

Con una cartelera  llena de lugares comunes, donde discrepar está casi prohibido y donde el copy/paste se ha institucionalizado, Carrillo nos devuelve la confianza en el futuro del teatro. Donde el monotono es lo que impera, David nos lleva con naturalidad a nuevos horizontes. No teme presentarnos personajes tal vez un poco esquemáticos, pero con gran solvencia Carrillo lleva a este grupo de buenos actores a subirse al carro de sus personajes y los hace transitar con absoluta naturalidad por esos recovecos de la vida en el teatro y fuera de ella. Los enfrenta a sus egos y devaneos. Juega con los textos y juega con sus personajes, como si de un sofisticado partido de ping pong se tratara. La solvencia con que resuelve las acciones dentro de la obra, apelando a diversos recursos que van más allá, como un meta lenguaje teatral, nos dan la claridad y la certeza que estamos ante uno de los protagonistas que marcarán una pauta dentro de nuestro teatro. No pierdas nunca esas ganas de innovar y arriesgar David. No permitas que te suceda lo que a otros, que en el camino decantaron por lo seguro. El teatro peruano necesita a artistas como tú.

 

Normalmente cuando voy al teatro con mi cámara, ésta es un elemento que de alguna manera me distancia de lo que estoy mirando. Pero cuando a pesar de ello lo que está en frente, te involucra y te emociona y te hace pensar, sabes que ‘eso’ no solo es bueno, es necesario. No se pierdan esta estupenda obra que está ya en su última semana en el Teatro Larco.

 

 

 

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